Amanecía cada mañana con el despertar de la voz de mi madre desde la cocina, que nos decía que una nueva jornada nos esperaba en un nuevo día. Sentado en la mesa pegada a la pared, esperaba paciente a que subiera de la calle. Alfredo, puntualmente, paraba siempre en los mismos sitios, y allí acudían para comprar el pan y algunas magdalenas para el desayuno. A la vez que se desayunaba, en la nueva radio que trajo mi padre de quien sabe donde, se escuchaban los primeros episodios de “La saga de los Porretas”.
Aquellos recuerdos de lugares donde estuve, redactados con el deseo de algún día volver.
De Guillermo Rodríguez Bernal
sábado, 13 de febrero de 2021
domingo, 31 de mayo de 2020
Las ciudades de Mahón y Ciutadella.
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| Levantando al caballo en las fiestas de Menorca |
domingo, 17 de mayo de 2020
Cantabria. Cabezón de la Sal, Ruente, Barcenillas, Carmona, Barcena Mayor y el bueno de David.
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| De merienda en Santillana del Mar |
sábado, 9 de mayo de 2020
La Palma. Marcos y Cordero, miradores, piscinas naturales, San Andrés y el Principe Alberto.
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| Ruta de los Nacientes de Marcos y Cordero |
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| Lo complicado pasados los túneles |
Camino para recordar. Aquel lado
este de la isla era lo más selvático de toda ella. La altura hacía estancar las
nubes y que el agua no faltara nunca en aquella vertiente. De hecho, fue la
protagonista durante el tiempo que estuvimos caminando. Por un lado, atravesar
sus 13 túneles, aunque recuerdo que conté 14, que en su día fueron de servicio
y que siguen ayudando a la canalización de toda el agua recogida en aquella
ladera al servicio de la isla. Túneles
que obligaban a llevar algo de
protección en la cabeza por las continuas “calabazadas” que nos dábamos sin
querer. Por el otro, el verdor que todo lo inundaba en aquellas zonas altas por
la que caminábamos. Solitario camino al principio hasta bastantes kilómetros
después en que llegábamos al mirador del Espigón Atravesado, donde empezábamos
a encontrarnos con los que subían provenientes del Centro de Visitantes. Una
vez abajo, acercarnos a una de las cascadas más altas y bellas de toda la isla
y probablemente del resto de las Canarias: La cascada de los Tilos. Todo un
vergel de una zona declarada Reserva Mundial de la Biosfera y Patrimonio de la
Unesco.
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| Mirador del Espigón Atravesado |
domingo, 3 de mayo de 2020
La Palma.- Tijarafe, Garafia, la Zarcilla, el Roque de los Muchachos y unos chicharrones con gofio.
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| Valle de Aridane desde el Mirador de El Time |
Fue Tijarafe el primer pueblo en
el que nos vimos en la obligación de parar. Su calle de la Luz la que nos dio
la bienvenida, enseñándonos esas casas bajas de colores
salvando la pendiente y
que son enseña de la isla de la Palma. La encalada iglesia de Ntra. Sra. de la
Candelaria en todo el centro de la localidad, dejando mostrar la roca volcánica
de la que está hecha y con un enorme árbol a su entrada con esa energía
inagotable para aquellos de los que gusta abrazarlos. Y el silencio y la
tranquilidad que se respiraba caminando por este pueblo platanero y que daba continuidad
a nuestras visitas del día. Seguimos rumbo norte, con la calle del Adiós
susurrándonos que volviéramos pronto.
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| Casa adosada a la Iglesia de la Candelaria en Tijarafe |
lunes, 27 de abril de 2020
Santa Cruz de la Palma.
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| Cruz del Milenio |
viernes, 24 de abril de 2020
La Palma.- Los Llanos de Aridane, Fuencaliente, Tazacorte y mucho agradecimiento.
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| Maqueta del niño J.E.R.C. |
Rápido empecé a asimilar donde había
aterrizado aquella mañana de agosto. Sólo tuve que conducir desde el aeropuerto
hasta Los Llanos de Aridane atravesando “el túnel del tiempo” por la carretera
de La Cumbre. Desniveles de terreno importantes cargados de vegetación, a un
lado, y la llanura protegida por la Cumbre y la falda de la caldera de
Taburiente, al otro. Porque era en Los Llanos donde nos quedamos para descubrir
poco a poco la isla.
viernes, 17 de abril de 2020
Girona. La Costa Brava, 2ª parte.
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| Sant Pere de Rodes |
Algo ha traído bueno el asesino virus venido de oriente. El encierro
forzoso me obliga a retomar mis escritos después de un tiempo olvidados. Y mi
cabeza se va al recuerdo de la Costa Brava catalana. Mi segunda visita al mar,
en aquellas vacaciones de 2015, la comienzo desde un lugar inigualable. Con el
cabo de Creus, la bahía de Llançà y el
Port de la Selva como testigos, mis piernas me llevan por aquel camino
de tierra que hace encontrarme con el Monasterio de Sant Pere de Rodes, que se
alza majestuoso sobre la falda de la montaña de Verdera. Nada se quedó por ver
gracias al buen trabajo de señalización de los responsables de aquel monumento
histórico-artístico
nacional. Todo impresiona en aquel paseo entre las piedras
de aquella construcción del románico catalán. Su claustro interior y el
exterior, su vigorosa torre defensiva, su vistoso y detallado campanario, su enorme
iglesia, las celdas donde descansaban los que allí moraban… Todo te hacía tener
los ojos muy abiertos mientras tu mente trataba de imaginar cómo sería la vida
entre aquellas paredes. A la salida una pequeña edificación estaba señalada
como Hospital. Allí reponían fuerzas aquellos que buscaban hospitalidad a su
paso por aquel lugar en peregrinación. Ya en el aparcamiento, nos decía adiós
desde las alturas las ruinas de la Iglesia de Santa Helena de Rodes, que allí
seguirá con una de las vistas más relajantes de aquellas tierras.
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| Hospital de Sant Pere de Rodes |
viernes, 1 de junio de 2018
La ciudad de Tarragona.
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| Arco de Bará |
Conduciendo pegado a la costa
catalana, nos topamos con un arco romano. Es un arco de triunfo el de Bará y fue
el preludio a una mañana intensa de visitas, por una de las ciudades españolas
donde más se acentúa la presencia del imperio romano en la península. Desde ese
momento quise transitar por la vía Augusta antes que por la N-340. Y es que a
falta de seis kilómetros para llegar a Tarragona, no sé cuantos pasos romanos
serían, volvemos a tener muestras de Roma en un antiguo monumento funerario. A
pie de carretera se yerguen lo que queda de la torre de los Escipiones, de los
pocos que hay en buen estado dedicado al culto de los que partieron. Y
estábamos únicamente arrancando.
miércoles, 21 de febrero de 2018
Ribadesella.
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| Nuestro último amanecer |
Dormimos relajados aquella
madrugada del día de vuelta. No sé si por lo agotado de los 36 kilómetros del
día anterior, por los buenos gin-tonics que nos prepararon en el bar Piñeres, por
aquellos colchones dejados caer sobre la madera de aquel “soberao” o por ser los
únicos que dormíamos en aquella pseudo-cabaña del albergue de La Llosa de Cosme.
A decir verdad, siempre se siente bastante relajo sabiendo que cumplimos con
las jornadas previstas sin problemas. Después de bastantes años caminando, creo
que es el primero en el que no tuvimos lesiones, ampollas, perdidas de algo o
ese largo etcétera de situaciones que siempre se dan y que esta vez parecían
pasar de largo.
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