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| Maqueta del niño J.E.R.C. |
Creo que puedo decir, con temor a
equivocarme, que encontré mi paraíso natural. Cuando pierdes toda esperanza de
encontrar un lugar aislado, con apenas contaminación atmosférica, que pases de
la pura selva tropical al más árido de los desiertos en pocos kilómetros y
donde el sentir de sus gentes está alejado por completo de nuestras prisas
diarias y el stress de lo que llamamos vida, mis pies tocan el suelo de la isla
de La Palma, nuestra Isla Bonita. El verano de 2018 fue para mí el descubrir ese
vergel escondido, que ojalá este post impida contaminar con la barbarie
turística que machacan muchas zonas de nuestras islas afortunadas.
Rápido empecé a asimilar donde había
aterrizado aquella mañana de agosto. Sólo tuve que conducir desde el aeropuerto
hasta Los Llanos de Aridane atravesando “el túnel del tiempo” por la carretera
de La Cumbre. Desniveles de terreno importantes cargados de vegetación, a un
lado, y la llanura protegida por la Cumbre y la falda de la caldera de
Taburiente, al otro. Porque era en Los Llanos donde nos quedamos para descubrir
poco a poco la isla.